Esta propuesta artística aborda la relación entre el ser humano y el paisaje, representándola naturaleza como un espacio frágil y sitiado a través de una pintura expandida que hibrida pintura acrílica y escultura en porcelana fría. La obra evidencia cómo lo humano (materializado en figuras de apariencia humana) invade y reconfigura el territorio, transformándolo en un archivo de pérdida ecológica. Tras la búsqueda de elementos que evocara lo natural se desarrolló una pintura de un formato mediano (120 x 90 cm) que recrea un ecosistema idealizado (plantas e insectos), intervenido por figuras humanas de plástico de 10 cm que trepan hacia él. Estas figuras, moldeadas manualmente, actúan como metáfora de la huella humana: su materialidad artificial contrasta con la organicidad pintada, subrayando la paradoja de una naturaleza cada vez más mediada por lo sintético.